Toda apertura de una nueva galería implica una declaración de principios, una suerte de tácito manifiesto cuyos alcances habrán de percibirse y comprenderse sobre la marcha, pero también segun el axioma que dice que un primer paso da la tónica de todo el camino. En ese sentido, la flamante OTTO Galería, dirigida por Eugenio Carlos Ottolenghi, ofrece una señal muy clara de intenciones y conceptos al inaugurar sus actividades con una muestra de Carlos Arnaiz, un artista de indiscutible categoría y cuya filiación poética lo muestra perfectamente cómodo entre las concepciones colorísticas ortodoxas y los riesgos y azares de la contemporaneidad.

En sintonía y en tandem con la exhibición de pinturas de mediano y gran formato que presenta sincronizadamente en la vecina galería Jorge Mara – La Ruche, Arnaiz despliega en OTTO una suerte de suite de quince obras sobre papel en técnica mixta, de 33 X 24 cm. y realizadas entre 2010 y 2011. Si es cierto que un artista establece las leyes de su propia, singular caja de resonancias no sólo con los fenómenos del mundo sino con los territorios de su propia obra, aquí la vibrante orquestación cromática y la concentrada voluptuosidad propias de las telas y grandes papeles de Arnaiz se perciben, asi como intocadas y persistentes, también contenidas en el arrullo de un eco íntimo, circunscripto a la amorosa privacidad, como si el roce del pincel y la trémula modulación centimetral del pigmento fluido, conducidos por una coreografía manual de sensibilidad perfecta, fueran las frases de una conversación visual en clave de sílaba corta, sostenida en secreto.

A la vez, estas floraciones provisorias en De Natura II, que responden a la norma del ensayo menor y son como un Libro de las Horas profano, hermético en su secular abstracción, lejos de recluirse en su mera apariencia de bosquejo se imponen como el modelo espiritual que preanuncia el imperio espacioso de las pinturas mayores.

Eduardo Stupía